La Argentina contaba originalmente con formaciones boscosas de gran potencial maderero y leñero de haberse planificado adecuadamente su aprovechamiento. En lugar de esto una explotación desenfrenada desde fines del siglo pasado ha reducido los bosques nativos a un pálido reflejo de lo que originalmente fueron, y quedan a veces sus existencias actuales en una situación tan crítica que solo se puede recomendar su protección total, vedando cualquier tipo de aprovechamiento económico, para intentar preservar así esos escasos rodales como bancos de germoplasma que permitan conservar valiosas especies y alentar alguna vez campañas de recuperación de su potencial forestal.

En Misiones la explotación se centró originalmente en unas pocas especies conocidas con el nombre de "maderas de ley" así cayeron los cedros (Cedrela fissilis), lapachos (Tabebuia impetiginosa) y peteribíes (Cordia tichotoma), los que convertidos en grandes jangadas flotantes bajaban por el Paran o el Uruguay con rumbo a los puertos bonaerenses y del litoral fluvial argentino. Con la apertura de rutas y caminos, especialmente en este siglo, la extracción se aceleró en forma notoria, incluyéndose como especies cortables muchas más que las antes anunciadas.
Así algunas especies fueron puestas en serio riesgo de extinción como el palo rosa (Aspidosperma polyneuron), que solo subsiste en algunos puntos aislados del extremo norte misionero y el pino paraná (Araucaria angustifolia),   especie de gran potencial forestal que hacia 1960 cubría cerca de 210.000 ha. de superficie en la zona serrana de la provincia.En 1988 se estimó en 1.228.000 ha.La superficie de los bosques nativos provinciales, pero cabe   aclarar que en dicha cifra se incluyen sectores de "monte secundario", es decir montes obrajeados en el que faltan sus mejores esencias, pero se mantiene la estructura de la selva con múltiples pisos o estratos.

En la región chaqueña el quebracho colorado chaqueño (Schinopsis balansae) fue víctima primera de la codicia humana para obtener el "tanino" utilizado para curtir cueros que dio lugar a la devastación de la cuña boscosa santafesina, para extenderse poco tiempo después con la ayuda de los ferrocarriles a todo el ámbito chaqueño incluyendo a la otra especie: el quebracho colorado santiagueño (Schinopsis lorentzii) y el palo santo (Bulnesia sarmientoi) de hermosa veta. 

Últimamente la moda de los muebles de algarrobo (Prosopis spp.) ha puesto en un estado de vulnerabilidad a las especies de este género que aun eran relativamente abundantes. En las zonas del "monte" donde los algarrobales dependían de las napas freáticas y formaban un cinturón boscoso alrededor de las salinas como en el Salar de Pipanaco en      Catamarca, su tala es una invitación al avance del manto salino y al despoblamiento. En Santiago del Estero en 1988 la superficie boscosa explotada en lento proceso de recuperación oscilaba entre los  4.000.000 y 5.000.000 de ha., en tanto que la zona boscosa semidegradada alcanzaba 2.000.000 de ha.

En la selva tucumano-salteña o nuboselva algunas   especies como ya señalamos están amenazadas no  solo por la tala forestal sino por la expansión   agropecuaria, como el palo blanco (Calycophyllum multiflorum), el palo amarillo (Phyllostylon rhamnoides) y los cebiles (Parapiptadenia spp.) . A éstas deben sumarse otras buscadas esencias madereras como los cedros (Cedrela spp.), el roble o palo trébol (Amburana cearensis) y el pino del cerro (Podocarpus parlatorei).

En el espinal que a modo de cinturón abrazaba por el norte y el oeste la pradera pampeana, la explotación para proveerse de postes y leñas y la apertura de tierras para extender los cultivos de la pampa vecina prácticamente acabó con el distrito del algarrobo en el centro-sur de Córdoba y Santa Fe y el subdistrito del tala en el nordeste y este bonaerense. Subsisten de ambos sólo unas pocas isletas de escasa superficie.La tala selectiva del ñandubay (Prosopis affinis) en el sur de Corrientes y Entre Ríos y el caldén (Prosopis caldenia) en La Pampa, San Luis y el sur de Bs.As. ha reducido notablemente la superficie boscosa en las áreas nombradas y ha comprometido seriamente a esas especies.

Finalmente en el sur, si bien la existencia desde mediados de siglo de un sistema de parques nacionales que ampara las muestras más significativas de los bosques subantárticos permitió garantizar una protección más efectiva de la mayoría de las especies, existen algunas situaciones preocupantes. Por un lado los incendios son de efectos bastantes catastróficos y de una recuperación muy lenta, además de resultar cada vez más frecuentes. Por el otro, la explotación forestal presiona fuertemente para continuar aprovechando las existencias madereras incluso en áreas de reserva nacional, como ocurre con el raulí (Nothofagus alpina) en la Reserva Nacional Lanín, a pesar de tratarse de una especie de distribución muy restringida en nuestro país. Otro caso es el pehuén o araucaria (Araucaria araucana) que prácticamente ha desaparecido de la mayor parte de su distribución en Argentina limitada al centro-oeste de Neuquén y donde subsiste en el extremo norte del Parque Nacional Lanín y unas pocas reservas provinciales. El alerce (Fitzroya cupressoides) afortunadamente tiene amparadas sus mejores existencias en la Argentina en diversos parques nacionales, donde aún están en pie algunos ejemplares que milagrosamente se salvaron del hacha.

La actividad forestal no solo se traduce en la obtención de madera, sino también en la promoción del cultivo de especies de crecimiento rápido tanto sea para la obtención de leña, como de la celulosa, materia prima del papel. Así se destacan los monocultivos de eucaliptos (Eucalyptus spp.) oriundos de Australia y pinos nativos de Norteamérica como el eliotti (Pinus elliotti) y el taeda (Pinus taeda) los que son preferidos por su rápido crecimiento, sin olvidarnos de las plantaciones de sauces (Salix spp.) tan comunes en los ámbitos inundables del delta del Paraná. Así las forestaciones exóticas van reemplazando bosques o selvas autóctonas y cubren cada año una mayor superficie apoyadas por créditos fiscales, otorgados por una razón mucho más económica que técnica o ecológica. En algunos casos la insularización de ámbitos nacionales como ocurre en el Parque Nacional El Palmar de Entre Ríos es otro efecto preocupante de estos "bosques del silencio" o "desiertos verdes" como se los ha dado en llamar por su valor prácticamente nulo como refugio o zona de alimentación para la fauna autóctona.